La prueba es el silencio

Valle de Bao

A propósito del silencio de estos días les comparto el texto de una publicación que escribí un tiempo atrás pero esta vez acompañada de una imagen del Valle de Bao.
Un remanso de quietud a mitad de camino entre Mata Grande y el Pico Duarte, donde nace el río Bao.
Este, como un niño, deja rodar sus primeras aguas entre pajones que se mesen bajo las pezuñas de los mulos que ramonean en la quietud de la tarde.
Un lugar de encuentro con la paz.
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El caminante de montaña está sujeto a diversas pruebas de resistencia física: frío, terrenos inestables, lluvia, noches tormentosas, largos y empinados trechos, precipicios y bajadas.
Pero existe una prueba que no está regularmente en los manuales de parques
y senderismo, es la prueba del silencio.
Las montañas son templos del silencio.
El silencio de las alturas es una prueba de tal magnitud que su disfrute está reservado a aquellos que suelen rondar los ámbitos delicados de la contemplación.


Si no estás preparado para convivir con el silencio en lugar de orientarte te desorientarás ya que él te empuja al encuentro con la más alta es escabrosa de todas las cumbre humanas: tu propio yo.
Y no siempre se acoge ese encuentro con beneplácito. A veces buscamos las distancias de las alturas para que nos alejen de nosotros mismos.


Si el acompañante vibra en la misma sintonía distraída y pasajera, rellenando los tiempos de silencio con distracciones propias de la mundanidad, entonces no habrá dificultad en convivir de segunda mano con las alturas.
Pero si, iluminado, decides poner tu vida en armonía, emprendes el viaje y escucha el viento y las cascadas, mira las distancias y saciado te preparas para estar contigo en esta comunión maravillosa de las alturas; entonces el viaje se transforma en una elevada e íntima experiencia espiritual.