Un pueblo puede vivir de recuerdos pero siempre se impone el presente.
Lo que fuimos se fue, lo que somos es. Así pasa con mi pueblo: Moca.

Locomotora antigua en Moca. fotografia Juan Guzman
Contaba mi padre que los muchachos de su tiempo guardaban los clavos que sobraban en las reparaciones de las vías del tren que comunicaba todos los pueblos del norte del país desde el puerto de Sanchez, en la bahía de Samaná hasta Puerto Plata. Las vías del tren pasaban por Moca y por Estancia Nueva donde nací. Aún el colmado de Pablo Guzmán tiene el nombre de ¨El Vagón¨en memoria de esos tiempos. Los jovencitos colocaban aquellos clavos en la vía, a riesgo de descarrilar el tren, cosa que nunca ocurrió; la máquina al pasar aplastaba el hierro y con esa lámina ellos hacían pequeños y duraderos cuchillos de uso en labores domésticas.


Desde mi juventud escuchaba a Adriano Miguel Tejada, Jaime Julia y a otros contando la historia de mi pueblo. Dónde se fundó, cómo se cambió de lugar. Mucho se ha escrito sobre la heroica ¨ciudad del viaducto¨, sus mujeres y sus hombres.
La historia no nos deja mentir, en cualquiera de los sentidos que se le tome. Moca, como el mundo, ha cambiado.

Así como la tierra, en extremo fértil, parió frutos, también parió hombres y mujeres que emigraron. Ellos han dado color con sus afanes y empeño al quehacer humano, político, social, cultural y laboral, dentro y fuera de la patria. Otros se quedaron haciendo de Moca lo que hoy es.

La ciudad ha crecido geométricamente poco en relación con el crecimiento de su población, por lo que la fluidez del espacio urbano es incómoda.

En esa misma proporción y como fruto de una suma compleja de factores sociales, aplicación del orden, descuido institucional y desigualdad, ha crecido el número de personas propensas al ejercicio de actividades nocivas para la convivencia tranquila.
La ¨ciudad del viaducto¨ de ayer se esfumó y sus gentes se ajustan y adaptan, algunos perplejos otros con valor , a la novedad de una comunidad diferente.

Dos semanas atrás, parado a la sombra matutina de la Iglesia dedicada al Corazón de Jesús leía la tarja colocada en un pequeño monumento dedicado al ¨Padre Vicente¨ (Juan Miguel Vicente Martín) Sacerdote Salesiano (1941-1974), fundador del Teatro Don Bosco, colocado justo al cruzar la calle. Fue, P. Vicente, un alma joven y luchadora al estilo de Don Bosco.

La tarja dice: ¨Dio todo por todos en favor de la juventud mocana. Para testimoniar con su vida que Cristo vive y sigue amando a los jóvenes¨

Leyendo estas memorias brilla en el horizonte la esperanza, no de que Moca retorne a los años de mi padre, pero si de que la evolución de la historia le devuelva a mi pueblo tiempos mejores en los que la juventud encuentre espacios para ser. Espacios para que el alma respire y pueda re-crear la ilusión por un mundo mejor. Un derecho de todo ser humano dispuesto a vivir y construir su historia y por el que tantos mocanos, en la estela de toda la vida republicana, han dado su vida y sangre.

A muchos, lejanos y cercanos, poderosos y simples, nos llama la ¨ciudad del viaducto¨a ayudar en alcanzar ese propósito.

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