Ángel Jiménez de Luis
Periodista especializado en tecnología y ‘gadgets’, desde el año 2001 colabora de forma habitual en El Mundo y Ariadn@ . Es también el autor de Quinta Avenida.
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Vuelvo de San Francisco como quien vuelve de un viaje en el tiempo. Miro mi escritorio en el que se apilan tabletas, teléfonos y ordenadores pensando si acumular toda esta tecnología digital no será un signo de mi avanzada edad. El pasado jueves en el parque Dolores un joven escribía en una máquina de escribir mientras sus amigos cantaban canciones folk. “Ahora todos los hipsters -modernos- quieren enseñar sus máquinas de escribir”, me comentaba un amigo horas más tarde. “Son los nuevos vinilos, yo ya he visto dos o tres en algunos parques de por aquí”.

No apostaría dinero pero mi sospecha es que muchos de los que escriben en las maquinas tienen en su bolsillo un teléfono 1.000 veces más potente que el PC con el que sus padres sustituyeron esa vieja máquina y que, llegado un caso de extrema necesidad, puede emular una máquina de escribir con una app. Al menos la locura súbita por las máquinas de escribir, me cuentan, ha conseguido que florezca un interesante mercado de reparación de modelos antiguos.

No hay que tirar nada. Todo vuelve, hasta lo más absurdo. El vinilo tiene un pase. Yo tengo orejas de corcho y para mi todo suena igual pero entiendo que hay una cierta textura en el sonido de los viejos LP que no puede conseguir ningún filtro digital. Lo de la máquina de escribir me parece excesivo pero sobre gustos no hay nada escrito.

Lo más interesante de estos dos fenómenos es que forman parte de una tendencia mucho mayor de vuelta hacia lo analógico. Anteayer el portal CNet recogía algunos testimonios sobre el boom de la fotografía analógica entre los jóvenes recién salidos del instituto, es decir, la primera generación que ha crecido con más fotos digitales que impresas. Muchos están redescubriendo las viejas cámaras y hay auténticas carreras entre los fabricantes por resucitar viejos modelos icónicos.

Como señala el artículo, Urban Outfitters, una tienda de ropa y accesorios, tiene más de 60 productos de fotografía analógica a la venta. Las tiendas Lomography tienen bastante recorrido -llevan muchos años a la vanguardia de esta tendencia- pero cada vez se ven más llenas. Hay interés por las viejas creaciones de Holga, Diana, Minolta y Nikon y cualquiera que encuentre en el trastero la vieja cámara del abuelo sabe que tiene un tesoro entre las manos.

¿Es rebelión hacia la sociedad digital? ¿Es inquietud artística? Hay quienes ven en esta tendencia una fascinación por un pasado que nunca conocieron y quienes simplemente buscan un toque de creatividad diferente y mucho más aleatorio del que da un filtro de Photoshop. La cámara digital, dicen, “no admite errores”, el resultado depende exclusivamente del fotógrafo. La cámara analógica, en cambio, pone algo de sí misma en cada imagen y se añade la incertidumbre de no saber el resultado hasta que la foto se revela.

¿Hasta qué punto es un capricho? Es una buena pregunta. Por lo pronto en los Estados Unidos la venta de cámaras analógicas ha aumentado cerca de un 40% pero en esta categoría entran en juego también las cámaras instantáneas, que aún es común dejar en bodas, bautizos y comuniones sobre las mesas de los invitados. Más significativo es que haya aumentado la venta de película de medio formato, usadas por muchas de estas cámaras.

Todo este movimiento coincide con una explosión de aplicaciones para el móvil que recrean viejos efectos de películas y cámaras concretas, como Hipstamatic o Instagram o que incluso añaden textura de viejas películas -desde las primeras cámaras de cine hasta el famoso Super 8- a los vídeos grabados con el teléfono. El futuro es analógico… hasta que lo digital vuelva a estar de moda.

(fuente: elmundo.es)

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