Francesco Manetto-16/03/2008 “
Sensibles, intensas, femeninas. Las imágenes de Francesca Woodman, homenajeada por la revista âC. International Photo Magazineâ, tejen vidas tan libres
como la suya, que acabó en suicidio a los 22 años. Sus autorretratos, expuestos en el MOMA y en el Metropolitan Museum, se han convertido ya en objeto de culto.
“Y un dÃa más desperté sola en estas sillas blancasâ. Fin de la historia. En 10 palabras comienza y termina todo. O no. Porque sólo se trata de una transición hacia otra historia. Un instante entre muchos. Esta especie de microrrelato acompaña una imagen en blanco y negro captada por
Francesca Woodman en 1979: una mujer encorvada sobre la mesa, un plato, una cuchara, una taza vacÃa y, sentado enfrente, un hombre inmerso en la lectura de un periódico. ¿Quién es esa mujer que aparece en la foto en camisón y con el pelo recogido en una trenza? Y el hombre, cuya cabeza se encuentra fuera de campo, ¿está realmente leyendo el periódico, como parece, o de soslayo mira a su compañera de desayuno? Lo único que sabemos es que alguien se despierta solo en una silla blanca. Un dÃa más. Nos lo promete Francesca con una frase. Todo lo demás es un universo sugerido. Un cuento misterioso y evocador. Los conservadores del MOMA, del Metropolitan Museum de Nueva York o de la Fondation Cartier pour lâArt
Contemporain de ParÃs lo definen con una palabra clave, la más importante para un creador: arte.
Para repasar su trabajo, los historiadores se han servido de la memoria de los padres y de su pequeño diario rosa
“Los pasteles son mi forma de arte favorita. Yo preparo unos magnÃficos panecillos de jengibre”
La libertad tenÃa, para Francesca, un sentido primordial: hacer, fotografiar y escribir sólo lo que le apetecÃa
De la misma manera, una de las pocas cosas que sabemos a ciencia cierta de esta fotógrafa estadounidense es que nació el 3 de abril de 1958 en Denver (Colorado) y que en enero de 1981 decidió poner fin a su vida lanzándose desde una ventana en el Lower East Side de Manhattan. En medio quedan menos de 23 años, centenares de instantáneas y una producción artÃstica tan intensa que la sitúan ya entre los mitos de la fotografÃa del siglo XX y al mismo tiempo dan fe de su sensibilidad particular. Porque su visión no tiene nada que ver con la fotografÃa de guerra de Robert Capa, el espÃritu documental de Cartier-Bresson o las inquietudes de Diane Arbus. Lo suyo, como apunta el crÃtico francés David Levi-Strauss, es un âdeseo revolucionario de romper los códigos de las apariencias y mirarlas a través de un espejoâ.
Pero ¿quién fue realmente Francesca Wood¬man? Para intentar recorrer su vida y repasar ese trabajo, los historiadores se han servido de la viva memoria de sus padres, los artistas plásticos George y Betty Woodman (que ahora gestionan un archivo de más de 800 imágenes, 120 de las cuales han sido expuestas o publicadas), algunos testimonios directos de la autora âcartas, postales, reflexiones escritas en un pequeño diario rosaâ y, por supuesto, fotografÃas que rezuman una especie de vida propia. Ese camino empezó con un autorretrato en 1972, cuando, a los 13 años, Francesca decidió inmortalizarse con una cámara Rolleiflex de medio formato. Después vendrÃan los primeros desnudos: mujeres perdidas en los bosques de Massachusetts o en una habitación anodina, una especie de ninfa contemporánea en la orilla de un rÃo, personajes misteriosos tapados tan sólo con una máscara de conejo, instantáneas realizadas con exposiciones largas y ejercicios de estilo. Experimentación. Porque la trayectoria de esta joven fotógrafa resultó muy marcada por los estudios y la influencia de sus padres. Empezando por los viajes.
La infancia de Francesca transcurrió entre Boulder, un pueblo de Colorado, y Antella, una aldea de la campiña toscana frecuentada por artistas y exponentes de la alta sociedad de Florencia. Más tarde, sus padres la inscribieron en un instituto privado de Massachusetts, donde empezó a desarrollar su particular visión de la fotografÃa, y después en la Escuela de Diseño de Rhode Island, en Providen
ce, donde aprovechó la oportunidad de un intercambio de un año con la Academia de Bellas Artes de Roma. La joven Woodman nunca llegó a ganarse la vida como fotógrafa. Su universo estaba hecho de estudios y crecimiento, artÃstico o personal. Y en muchos casos, dudas y tribulaciones. Para intentar comprender qué le pasaba por la cabeza durante la adolescencia, sirvan estos pasajes de su diario, escritos en el otoño de 1975, en los que habla de sà misma tanto en primera como en tercera persona: â[â¦] Una parte de este libro contiene ideas que quiero organizar en series. Intento seguir la huella del cambio de la moral de Francesca y contar lo que he hecho. La lista de alimentos que he comido, por ejemplo [â¦]. Los pasteles son mi forma de arte favorita; yo preparo magnÃficos panecillos de jengibre, trufas de chocolate, pasteles de melocotón y flanes de zarzamora. No hay nada más relajante que quedarse a solas con un buen libro de cocina y las palabras!â. Meses más tarde, Francesca tenÃa una actitud más negativa: âEsta noche no estoy contenta. Pienso y hablo a menudo de mi detestable tendencia al romanticismo. Creo que el esfuerzo de deshacerme de esta actitud en mi trabajo ha tenido un extraño efecto en mi vida⦠La fotografÃa es también una manera de conectar con la vida. Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi menteâ, cuenta unas páginas antes de explicar con toda naturalidad las âseis formas de comer naranjasâ.
Esa realidad filtrada de forma tan personal ha dado pie a un trabajo fascinante, cautivador, en el que sus series de instantáneas, que muchos han calificado de ensayo fotográfico, en realidad van más allá del género. Según el crÃtico británico Chris Towsend, que hace la introducción de un volumen antológico editado por Phaidon en 2006, en el instinto y las intenciones de Woodman yace el fuego del arte surrealista. âMuchas fotografÃas de Woodman le deben algo al trabajo de otro, desde las más antiguas tradiciones del arte moderno, como el surrealismo, hasta sus contemporáneos o maestros⦠Lo que no significa que sus fotografÃas sean necesariamente derivaciones o copiasâ, apunta. La misma Francesca, tal vez consciente de ese proceso, se pregunta en sus notas: âAlguien me dice algo acerca una fotografÃa que no he hecho nunca y, de repente, yo decido fotografiar ese algo. ¿Es un plagio?â. La respuesta se la dio, más de 30 años después, el análisis de Towsen: âLa historia del arte es algo que los artistas descubren y ante la cual intentan reaccionar. Woodman no fue un genio inculto que brotó de repente⦠Su gran capacidad fue transformar su compromiso con la historia del arte y sus influencias en imágenes que eran algo más, algo más que simples imágenesâ, explica antes de definir a la artista como una autorretratista consciente de una larga tradición que va de Durero a Rembrandt, pasando por Caravaggio.
Femeninas, sensuales, intensas, a veces dramáticas, pero nunca desesperadas. AsÃ, la mayorÃa de las imágenes de Francesca parecen tejer un mundo deliberadamente enigmático que le ha valido, junto con una turbulenta estancia en Roma y el epÃlogo del suicidio, también una fama de fotógrafa con aura maldita. El escritor Philippe Sollers la sitúa, a ese respecto, âen un extraño mundo de antifotografÃaâ. âSólo hace falta ver cómo se presenta a sà misma: desnuda, sentada sobre sus rodillas, en Roma, en el rincón de una pared, vuelta hacia un lirio blanco en primer plano. [â¦] No me gusta Francesca Woodman, pero la admiro⦠¿Qué ocurre hoy? El sida, el desempleo, Hillary Clinton, los Oscar, Cannes, las madres solteras⦠El mercado impone la fotografÃa y prohÃbe la antifotografÃa, que, en cambio, es la voz de la libertadâ, escribÃa en 1998. Y la libertad tenÃa, para Francesca, un sentido primordial: hacer, fotografiar y escribir sólo lo que le apetecÃa. Rechazar lo esperado. Como en su diario, que, a pesar de los viajes y las estancias en lugares fascinantes, nunca menciona las muy fotogénicas fuentes de Roma ni el ritmo frenético de la Gran Manzana. âFrancesca escribÃa cosas sobre su mundo personal, que viajaba con ellaâ, apunta el padre, George.
Ese espiritual mundo es exactamente el que evoca Sloan Rankin, un viejo amigo de Francesca: âDurante nuestro primer año en el college me apunté a un curso de poesÃa. Entonces, Francesca escribió en su cuaderno: âSoy el fantasma poético de Sloan⦠Eso me permite masticar unos pensamientosâ. Por ejemplo, las ideas reflejadas en los versos de un poema que termina asÃ: âY se me habÃa olvidado de cómo se lee músicaâ. Otra vez, fin de la historia. Sin embargo, también estas 10 palabras se convirtieron en el tÃtulo de una fotografÃa: un pentagrama en el palmo abierto de la mano derecha, unas cortinas colgando junto a una ventana que sólo se intuye, un collar y un vestido primaveral. Y fuera de campo, unos ojos que quizá intentan huir. Hacia otra imagen, su enésimo cuento soñado.
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