Texto y fotos: Roger Eritja
No hay muchos lugares en nuestro entorno donde disfrutar de una cercanía amistosa con grandes animales, ya que nuestra fauna es por lo general bastante esquiva. Sin embargo, en latitudes más septentrionales, y en momentos concretos, nos podemos acercar mucho a algunas especies.
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La foca gris es un mamífero marino de un montón de kilos, cuyas hembras son moteadas, los machos oscuros y todos tienen una nariz característicamente romana. Aunque se pasan la mayor parte de su vida en mar abierto, en algunas épocas del año se acercan a la costa para sus asuntos de familia. El momento en que esto sucede es variable según la latitud: las focas de Shetland pueden hacerlo ya en Septiembre, pero más al sur llegan a la playa a finales de otoño y principio del invierno. Es el caso de la Donna Nook National Nature Reserve (DNNR), en Lincolnshire (Reino Unido), que es uno de los puntos más visitados entre Noviembre y Enero por los fotógrafos de naturaleza.
El respeto y el conocimiento de los sujetos fotografiados son las mejores credenciales del fotógrafo de naturaleza. Conviene documentarse bien sobre las escenas que vamos a encontrar en la colonia de cría. De hecho, vamos a presenciar la mayor parte de su vida sexual, ya que las madres han ido a tierra para dar a luz. Se han reagrupado en torno a los machos formando harenes (no pregunten quién decide), alumbrando a sus crías y amamantándolas de forma acelerada, puesto que hay poco tiempo y tienen que crecer muy rápido. Para este fin, la leche de foca es tan rica en grasa que es de consistencia pastosa. Cuando al cabo de unas tres semanas las crías cambian su adorable pelaje blanco (que no es impermeable) por su primer traje de natación grisáceo, ya estarán en condiciones de emanciparse. A partir de ese momento los machos vuelven a fecundar a las hembras y es cuando se observan las peleas más espectaculares entre ellos. Poco tiempo después, todos desaparecen otra vez en el mar, y a mediados de Enero ya no queda ningún ejemplar.
O eso creemos, porque nos encontraremos que el tiempo aprovechable será en realidad muy inferior. Dada la época en que estamos, la luz desaparecerá muy pronto y cerca de las cuatro de la tarde será inútil seguir trabajando. Esto se suma a las mareas, que pueden expulsarnos mucho antes. Si la climatología está en plena forma, puede constituir una absoluta pesadilla y forzarnos a abandonar prematuramente.
Las condiciones son también extremas para el material digital, por lo que todo debe ir recubierto de plástico. Dan buenos resultados las bolsas fuertes de basura o de bricolaje, atadas a los parasoles con cintas aislantes. Resultan interesantes los zooms en esta situación, por supuesto, porque no podremos cambiar de ópticas a menos que amaine el viento; nuestro sensor no nos lo perdonaría. Las cámaras de alta gama aportan una impermeabilización que aquí se va a agradecer mucho. En dos ocasiones nuestra Nikon D2X resultó alcanzada de lleno por el oleaje del mar sin la menor consecuencia para la cámara.
cto de llevar allí varias horas.
Un corto trayecto en coche desde Louth nos dejará en el aparcamiento de la reserva, donde nos enfundaremos con toda la ropa que faltaba por colocar. Este famoso aparcamiento es nuestro punto de partida a pie. Allí hay un chiringuito móvil donde una pareja mayor vende pescado con patatas fritas y caldos. También vemos unos carteles algo inquietantes que nos piden que no entremos a la planicie de lodo si hay bandera roja, so pena de ser pulverizado. Otros letreros informan de que los bebés focas serán adorables, pero que tienen dientes y los utilizan. Unos guardias cercanos dan información sobre las mareas, recogen avisos, vigilan con prismáticos a los fotógrafos del banco, y procuran que todo vaya bien. En general, al tratarse de un campo de focas y no de un campo de fútbol, el civismo imperante es muy elevado y nadie molesta a nadie.
Empezaremos a oír las focas conforme nos acercamos a la barra de arena, que se eleva un par de metros como mucho sobre el nivel del fango y del mar. Descansaremos el paso, y en el umbral del mundo de las focas, quizá nos detendremos sin darnos cuenta. Es uno de esos momentos que no se olvidan: los bramidos roncos de los animales vienen de todas direcciones, el ambiente es de otro mundo y la atmósfera neblinosa imprime una sensación fantasmagórica muy acusada. Llegados al banco, deambularemos entre centenares de focas más o menos impertérritas, dispuestas en la arena como para una exposición. Las podremos ver a escasos metros amamantando sus cachorros, apareándose entre las olas, jugando con los bebés y peleándose los machos.
Llegados al aparcamiento y de vuelta al alojamiento, la ducha tibia será una de las más gratificantes en mucho tiempo. Y poco después, entre los amigos al final del día, los pubs de Louth ayudarán con sus alimentos y bebidas vigorizantes, a restaurar las fuerzas que perdimos viajando a pie al mágico mundo de las focas.
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