Juani Bragado observa a su hija Sonia Compañon mientras sostiene una de las instantáneas de su muestra.
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En Vitoria hay más imágenes de lo habitual. Si uno se acerca al bar de siempre, a la tienda de viajes, a la joyería, hasta a sacar unas fotocopias puede encontrar en su espera o en medio de su consumición la oportunidad de observar los retratos de un fotógrafo aficionado, que entretendrán su visita, que le deleitarán unos instantes del día proponiendo un pequeño viaje al territorio de su mirada.
El viaje del restaurante Casa Vieja, en la calle Txikita, acerca al cliente o al visitante -las exposiciones están abiertas a todos los públicos- hasta las bambalinas del establecimiento hostelero, retratado en un tórrido día del mes de julio en el que el termómetro alcanzaba los 38 grados. Sonia Compañon ha retratado los entresijos del negocio desde su privilegiado punto de vista, porque, además de aficionada al arte del objetivo, trabaja como jefa de cocina en el local familiar. Desde hace años, por tanto, recorre de memoria los metros cuadrados que ha recogido su película.
“He aquí un día de trabajo como otro cualquiera”, reza el texto de presentación, que descansa en el comedor principal del restaurante, rendidas sus paredes, su tradicional entorno de piedra y madera, al blanco y negro. Las instantáneas explican una jornada de trabajo de principio a fin, con títulos tan apetitosos como Ensalada de ventresca o Solomillo.+ (en su punto y un poco más), desvelando al espectador la anticipada preparación de las guarniciones, sumergiendo al gourmet, mientras disfruta de su plato, en la oculta perspectiva de los fogones. “Quería reflejar el movimiento, cómo es este trabajo, en el que no paras, en el que estás depié todo el día”, explica Sonia ante una de las imágenes, que recoge precisamente los pies de los cocineros.
Las claves de las comandas protagonizan muchos de los títulos, como Mando el monta (montacargas), mientras que en otros la fotógrafa desvela instantes del día a día. Un ejemplo es Suena el timbre . “Cuando suena, solemos mirar al monitor de la cámara, para ver cómo entra la gente al restaurante”, explica Sonia, que ha planteado la muestra, titulada Lo que no se ve , con la estructura dramática de planteamiento-nudo-desenlace
Curtido en el mundo de los concursos, donde ha logrado varias distinciones, el trabajo de Sonia sabía muy bien de lo que hablaba, esperaba el mejor instante para atrapar desde el objetivo los vapores del asado -especialidad de la casa-, con su analógica Nikon E-80. “Forcé la película y se ve que las fotos están muy contrastadas”, explica, en plena mañana de trabajo, ataviada con gorro y delantal. Mientras ultima su formación en Artes y Oficios, abre las puertas de su oficio en un ejemplo de fotoperiodismo desde dentro. Acostumbrada a ver a su hija alternar la sartén con la cámara, su madre, Juani Bragado, está encantada con la propuesta, sobre todo “porque a ella le está gustando y está contenta”, afirma.
Como Sonia, Amaia Ibarra cuenta 27 años y ultima este curso sus estudios en Arte Eskola. Su viaje de imágenes propone sin embargo, en las antípodas del de Sonia, un cambio total de aires, recogiendo instantes de su reciente estancia en Brasil, concretamente en agosto y en la localidad isleña de Morro de Sao Paulo . El pequeño pueblo, pesquero y turístico, ofrece su gama cromática a la Olimpus E-500 digital de Amaia. “Al principio, al volver, cambié las fotografías a blanco y negro con el ordenador, pero me di cuenta de que era una tontería; allí la fuerza está en el color”, explica. El resultado es un ejemplo de reportaje de viaje, un género que le gustaría continuar en el futuro.
El amable y tranquilo carácter de esta población carioca ha cautivado el interés de la joven fotógrafa, que recoge en la muestra del bar Arrantza -donde trabaja los fines de semana- imágenes de los lugareños trabajando, descansando e incluso posando, como una sonriente niña, para su objetivo. “He querido mostrar, aparte del paisaje, la vida de la gente de allí”, explica Amaia, mientras corrige la inclinación de una pieza de la muestra, montada en cartón pluma.
Las ruinas de la colonización europea, el remanso de un chiringuito playero -”coco o agua”, ofrece el anuncio- o el atraque de la pequeña embarcación Delirio do mar son convecinos de pared de un envidiable ocaso, en un compendio que “no fue un trabajo de perfección técnica, sino que traté de sacar simplemente lo que veía”.
Javier Redondo, copropietario del bar, está contento con la experiencia, que además de ofrecer la oportunidad de exponer “puede descubrir a personas con talento”. En su opinión, las fotos de Amaia “son una cucada y no son las fotos paradisíacas típicas, son muy cercanas”. Un periscopio se recorta en la luna del local, recordando el origen de la convocatoria. “Es una oportunidad para todos los que estamos empezando; necesitaba un empujón y esto te da pie a lanzarte”.
Su amiga y colega de estudios, Laura Pérez, coincide en el impulso. “Es la manera de obligarte, tenía muchas ganas de exponer, es lo que a todo el mundo do le apetece”, confiesa la fotógrafa, que se ha embarcado en un pequeño “reto” fotoperiodístico para su muestra en la cafetería Virgen Blanca.
Ni a la trastienda de su quehacer ni hasta el otro extremo del mundo. Laura se desplazó a 30 kilómetros de Vitoria para retratar la singular realidad de un pueblo alavés. Melledes, Pueblo Del Buen Camino recoge los paisajes, labores y rostros de esta localidad, que la asociación Gau Lacho Drom rescató del abandono en 1988, con la idea de crear un centro de rehabilitación.
Payos y gitanos conviven hoy en sus calles, retratadas en elegante blanco y negro por todos los rincones del establecimiento, desde la barra hasta la cristalera de privilegiadas vistas. Durante los meses de agosto y septiembre, Laura se desplazó hasta en ocho ocasiones a Melledes, un pueblo que le abrió sus casas, que le cedió sus miradas y muchos de sus instantes cotidianos, y al que homenajea tratando de contagiarse de su punto de vista. “Mi intención era contar la historia desde el mismo pueblo”, indica Laura.
Además de atrapar los rincones del lugar, la fotógrafa se entrevistó con las gentes, buscando luego los rasgos esenciales del fotorreportaje con su Olimpus E-500. Panorámicas del pueblo, un repaso por los entresijos del proyecto de horticultura ecológica y varios retratos de los habitantes -recogidos sus nombres en los pies de foto- componen el resultado del trabajo, que ha contado con el beneplácito de los responsables del local vitoriano. “Me parece que le da vida al bar, que ha quedado bonito, que es bueno que haya gente que quiera exponer, que haya gente que exponga y que pueda exponer”, indica Xabier Vitoria, encargado.
Hasta 75 negocios de la ciudad han cedido sus espacios a fotógrafos aficionados en esta sección del proyecto Periscopio, que no ha querido olvidar a las miradas locales, a los creadores emergentes de la ciudad en su completo repaso al quehacer fotográfico. No sólo en los tradicionales puntos expositivos se esconden las miradas del objetivo. Vitoria se ha contagiado del sabor del negativo y hasta el 3 de diciembre estos locales se convierten también en lugares de muestra. Una iniciativa que no tiene por qué quedarse en unas pocas semanas, que abre una puerta a las miradas, a los parpadeos de la cámara.

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