El reportaje humanista/Robert Doisneau
May 31, 2006 · Categorizado bajo Uncategorized
Fuente : Fotomundo.com
Por A. Becquer Casaballe
En el Centro Cultural Borges el público argentino tuvo por primera vez la oportunidad de apreciar un conjunto de 30 fotografías del célebre autor francés. T
itulada “Un tal Robert Doisneau”. Fue auspiciada por la Embajada de Francia, la Alianza Francesa y Ediciones Lariviere.
El beso en la Place de l’Hotel de Ville, 1950
Entre 1929 y 1992, cuando su quebrantada salud le obligó a recluirse en su departamento de París, Robert Doisneau produjo una impresionante colección de 325.000 negativos. A su muerte, acaecida en abril de 1994 poco antes de cumplir 82 años, era considerado como uno de los más grandes fotógrafos no sólo de Francia sino del mundo.
Con un estilo directo, sin otros artilugios que los propios del lenguaje fotográfico, fue dueño de una poética y sensibilidad donde los protagonistas muestran un sutil equilibrio entre la inocencia, la ironía y los momentos mágicos.
En la década del ‘80 se produjo en todos los niveles de la sociedad francesa una nostalgia por el París de los años ‘50 y la obra de Doisneau, hasta entonces conocida y apreciada por los iniciados, acaparó la atención pública y se convirtió en un símbolo de la ciudad. Esa profunda devoción hacia ese hombre que ha sido capaz de expresar una buena parte del espíritu francés.
De todos sus reportajes, la imagen más emblemática es “El beso en la Place de l’Hotel de Ville” (1), realizada en 1950 por encargo de Life. Fue publicada junto a otras 5 fotos con el escueto epígrafe “This was short kiss, ‘a kiss rapide’ says photographer” (Este es un beso breve, “
un kiss rápido” dice el fotógrafo) en una doble página.
Cuatro décadas después, una pareja le inició una demanda sosteniendo que eran ellos los que aparecían en esa foto, reclamando participación en las ganancias que la imagen pudo haber proporcionado.
Doisneau fue sobreseído al demostrar que para cuatro de las cinco fotos publicadas, incluyendo naturalmente el más célebre beso fotografiado en la calle, había utilizado actores, tal como se hace con la fotografía publicitaria. Desprovista de toda realidad y reducida a una puesta en escena, es decir, sin el aura del testimonio verdadero, aquella foto sin embargo no ha perdido la fascinacíón que ejerce aunque sepamos que se trata de una escenificación.
Existe una constante en la obra de Doisneau, y es que en sus imágenes hay complicidad entre su mirada, el sujeto y la percepción de los lectores. Son fotos inequívocas, con el lenguaje universal de la fotografía. Generan ternura -nunca lástima-, y hace de los personajes cotidianos seres con una dignidad que pareciera colocarse en las antípodas de Salgado, por ejemplo.
A pesar de esa celebración que hay en torno a su obra, los teóricos nunca le han prestado demasiada atención. Como que su
s fotos se dirigen más a los sentimientos que a una intelectualizada forma de comprensión del acto fotográfico.
Lo cierto es que las imágenes de lo cotidiano, muy especialmente en París, tienen una profundidad que le colocan como uno de los grandes maestros del reportaje humanista, aquella corriente que tiene sus padres en Brassaï y en André Kertész, entre otros.
Su obra es ineludible, como que está integrada por la quintaesencia de lo que es la fotografía: una forma de mirar y de comprender al mundo y sus habitantes.
25 ingresó en una escuela de artes y oficios, “L´école Estienne”, donde es formado como grabador y litógrafo. Ya era un oficio en decadencia al que Doisneau consideraba poco creativo. Para compensar esa falta de estímulo, a los 17 años comenzó a realizar sus primeras fotos con una cámara prestada. En ellas ya se evidencia su talento. Poco después, fue admitido en el Atelier Ullmann, que se dedicaba a la publicidad de productos farmacéuticos.
Uno de los momentos más importantes en su vida es cuando comienza a trabajar como ayudante en el estudio de diseño de André Vigneau, artista surrealista y uno de los exponentes de la vanguardia.
“Aquel estudio era fascinante. Vigneau siempre decía cosas que me asombraban, cosas tan insólitas como ‘el teclado de una máquina de escribir es un objeto tan hermoso que todas las cartas de amor deberían escribirse a máquina’. Me hablaba de la Bauhaus, del surrealismo, de las máquinas de habitar de Le Corbusier, del cine soviético…” (2).
En el año 1932 hizo el servicio militar y cuando volvió a París, el atelier de Vigneau no pudo contratarlo de nuevo ya que la crisis había golpeado duramente a la industria gráfica. Por suerte, encontró un empleo en el departamento de publicidad de la fábrica Renault, en Boulogne-Billancourt, donde hasta 1939 trabajó como fo
tógrafo publicitario. También comenzó su obra personal fotografiando a la industria y a los obreros. Se casó con Pierrette Chaumaison y compró un departamento en Montrouge, donde habría de vivir hasta su muerte, se afilió a la Conféderation Général du Travail (CGT) y se relacionó con el Parti Comuniste Français (al que se afilió en 1947, colaborando en los diarios y revistas: Vie Ouvrière, Regars, L’Humanité)
Tras un breve paso por la agencia Rapho (Rado Photo), al estallar la guerra fue llamado a filas pero con la ocupación de Francia por los nazis, volvi
Por A. Becquer Casaballe
En el Centro Cultural Borges el público argentino tuvo por primera vez la oportunidad de apreciar un conjunto de 30 fotografías del célebre autor francés. T
itulada “Un tal Robert Doisneau”. Fue auspiciada por la Embajada de Francia, la Alianza Francesa y Ediciones Lariviere.El beso en la Place de l’Hotel de Ville, 1950
Entre 1929 y 1992, cuando su quebrantada salud le obligó a recluirse en su departamento de París, Robert Doisneau produjo una impresionante colección de 325.000 negativos. A su muerte, acaecida en abril de 1994 poco antes de cumplir 82 años, era considerado como uno de los más grandes fotógrafos no sólo de Francia sino del mundo.
Con un estilo directo, sin otros artilugios que los propios del lenguaje fotográfico, fue dueño de una poética y sensibilidad donde los protagonistas muestran un sutil equilibrio entre la inocencia, la ironía y los momentos mágicos.
En la década del ‘80 se produjo en todos los niveles de la sociedad francesa una nostalgia por el París de los años ‘50 y la obra de Doisneau, hasta entonces conocida y apreciada por los iniciados, acaparó la atención pública y se convirtió en un símbolo de la ciudad. Esa profunda devoción hacia ese hombre que ha sido capaz de expresar una buena parte del espíritu francés.
De todos sus reportajes, la imagen más emblemática es “El beso en la Place de l’Hotel de Ville” (1), realizada en 1950 por encargo de Life. Fue publicada junto a otras 5 fotos con el escueto epígrafe “This was short kiss, ‘a kiss rapide’ says photographer” (Este es un beso breve, “
un kiss rápido” dice el fotógrafo) en una doble página.Cuatro décadas después, una pareja le inició una demanda sosteniendo que eran ellos los que aparecían en esa foto, reclamando participación en las ganancias que la imagen pudo haber proporcionado.
Doisneau fue sobreseído al demostrar que para cuatro de las cinco fotos publicadas, incluyendo naturalmente el más célebre beso fotografiado en la calle, había utilizado actores, tal como se hace con la fotografía publicitaria. Desprovista de toda realidad y reducida a una puesta en escena, es decir, sin el aura del testimonio verdadero, aquella foto sin embargo no ha perdido la fascinacíón que ejerce aunque sepamos que se trata de una escenificación.
Existe una constante en la obra de Doisneau, y es que en sus imágenes hay complicidad entre su mirada, el sujeto y la percepción de los lectores. Son fotos inequívocas, con el lenguaje universal de la fotografía. Generan ternura -nunca lástima-, y hace de los personajes cotidianos seres con una dignidad que pareciera colocarse en las antípodas de Salgado, por ejemplo.
A pesar de esa celebración que hay en torno a su obra, los teóricos nunca le han prestado demasiada atención. Como que su
s fotos se dirigen más a los sentimientos que a una intelectualizada forma de comprensión del acto fotográfico.Lo cierto es que las imágenes de lo cotidiano, muy especialmente en París, tienen una profundidad que le colocan como uno de los grandes maestros del reportaje humanista, aquella corriente que tiene sus padres en Brassaï y en André Kertész, entre otros.
Su obra es ineludible, como que está integrada por la quintaesencia de lo que es la fotografía: una forma de mirar y de comprender al mundo y sus habitantes.
Una breve biografía
Robert Doisneau nació el 14 de abril de 1912 en Gentilly y pasó su niñez y adolescencia en un suburbio de París. La muerte de su madre en 1919, cuando tenía apenas 7 años de edad, y la precaria situación económica que padeció con posterioridad, tal como lo señalan sus biógrafos “seguramente fueron golpes muy duros para la frágil personalidad de un niño”.
En 19
25 ingresó en una escuela de artes y oficios, “L´école Estienne”, donde es formado como grabador y litógrafo. Ya era un oficio en decadencia al que Doisneau consideraba poco creativo. Para compensar esa falta de estímulo, a los 17 años comenzó a realizar sus primeras fotos con una cámara prestada. En ellas ya se evidencia su talento. Poco después, fue admitido en el Atelier Ullmann, que se dedicaba a la publicidad de productos farmacéuticos.Uno de los momentos más importantes en su vida es cuando comienza a trabajar como ayudante en el estudio de diseño de André Vigneau, artista surrealista y uno de los exponentes de la vanguardia.
“Aquel estudio era fascinante. Vigneau siempre decía cosas que me asombraban, cosas tan insólitas como ‘el teclado de una máquina de escribir es un objeto tan hermoso que todas las cartas de amor deberían escribirse a máquina’. Me hablaba de la Bauhaus, del surrealismo, de las máquinas de habitar de Le Corbusier, del cine soviético…” (2).
En el año 1932 hizo el servicio militar y cuando volvió a París, el atelier de Vigneau no pudo contratarlo de nuevo ya que la crisis había golpeado duramente a la industria gráfica. Por suerte, encontró un empleo en el departamento de publicidad de la fábrica Renault, en Boulogne-Billancourt, donde hasta 1939 trabajó como fo
tógrafo publicitario. También comenzó su obra personal fotografiando a la industria y a los obreros. Se casó con Pierrette Chaumaison y compró un departamento en Montrouge, donde habría de vivir hasta su muerte, se afilió a la Conféderation Général du Travail (CGT) y se relacionó con el Parti Comuniste Français (al que se afilió en 1947, colaborando en los diarios y revistas: Vie Ouvrière, Regars, L’Humanité)Tras un breve paso por la agencia Rapho (Rado Photo), al estallar la guerra fue llamado a filas pero con la ocupación de Francia por los nazis, volvi
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