Urbes mutantes (1941-2012) Fotografía Latinoamericana:
“un catálogo de la exposición del mismo nombre”, que puede visitarse, hasta el 27 de mayo, en el Museo de Arte del Banco de la República de Bogotá y hace un recorrido por diversas ciudades latinoamericanas haciendo énfasis en esa capacidad de modificación arquitectónica, cultural y social que se presenta a lo largo del siglo XX entre las décadas del cincuenta y setenta”

El proyecto Urbes mutantes: Latinoamérica en proceso pretende hacer un recorrido fotográfico por diversas ciudades latinoamericanas haciendo énfasis en esa capacidad de modificación arquitectónica, cultural y social que se presenta a lo largo del siglo XX entre las décadas del cincuenta y setenta. La fotografía será el vehículo para entender los diversos procesos de cambio en urbes que a veces terminan siendo agredidas y derruidas, pero en otros momentos terminan consolidando géneros vernáculos en todos los elementos materiales e inmateriales de sus entornos. Mixturas en rostros, en calles, en objetos, en horizontes, en grafitis, en protestas, revelan esa condición de la urbe latinoamericana que está en permanente movimiento, que es violentamente bella pero que parece mutar sin lograr un desarrollo primermundista, tan ajeno a su cultura. La realidad de Latinoamérica es otra y esto se revela con las miradas de Maestros y otros talentos alucinantes pero menos conocidos, dentro de los cuales están Gabriel Orozco (México), Bárbara Brandli (Venezuela), Graciela Iturbide (México), Sergio Larrain (Chile), Óscar Pintor (Argentina), Jorge Macchi (Argentina) y Fernell Franco (Colombia).
Las fotos de la muestra provienen de la colección LPS (Stanislas y Leticia Poniatowski), quien ha realizado una cuidada colección de fotografía latinoamericana a partir de la investigación de archivos, visita a talleres de artistas más contemporáneos, así como de los pioneros de este medio en América Latina.
La Colección tiene más de 500 obras. En la exposición Urbes Mutantes se mostrarán más de 200 piezas que son sin duda obras maestras de la Fotografía Latinoamericana y que entrarán en diálogo con algunas piezas de la colección fotográfica del Banco de la República.

Muros vivos:
El espacio público es el escenario. Las paredes, parte del guión de las ciudades del continente. Cuando pluma y papel, derechos y leyes, estrados y jueces no llevan al logro efectivo de la justicia, los muros cobran vida para plasmar citas y gritos mudos de protesta y reclamar reconocimiento a las diversas causas. Son historias de pared que sintetizan la ira, el cinismo, la frustración o el humor de los habitantes urbanos, y que a través del medio fotografico se tornan en un doble signo cargado de una retórica visual urbana y de un mensaje textual.
Máximas como “Capitalismo: tus milenios están contados”, “El último, que apague la luz”, “Nosotros de rumba y el país se derrumba” cubrieron las paredes de diversas ciudades latinoamericanas durante las décadas del setenta al ochenta y han retornado en función de reiteradas crisis. Igualmente, la publicidad informal, sea política o comercial, invade los espacios, ya que es absolutamente efectiva por su forma directa de llegar a los transeúntes y callejeros.
Desde la antigua Grecia, pasando por el muralismo mexicano, el poder de lo plasmado en paredes es alto. La cámara, que siempre es testigo, perpetúa consignas, imágenes, signos, textos y códigos propios de las realidades de América Latina que heredaron, sin duda, la efervescencia y energía de otras manifestaciones del grafiti contemporáneo que tuvieron lugar en mayo del 68 y durante la movida urbana neoyorkina en los años setenta y ochenta.
En el contexto de las ciudades latinoamericanas ha sido la herramienta contestataria más directa y duradera frente a las recurrentes heridas sociales, económicas y políticas. Este recurso de protesta, casi siempre anónimo, ha desenmascarado las tensiones de estas historias, desde la represión por las dictaduras, la disidencia política, así como las imposiciones colonizadoras de los países de Primer Mundo. Por otro lado ruinas urbanas y muros derruidos han sido el reflejo del abandono abrupto de proyectos inconclusos e inclusive de patrimonio invaluable que sin registros fotográficos como los presentados pasaría al olvido.
Identidades:
A lo largo del siglo XX, y con una intensidad in crescendo, las migraciones a las ciudades latinoamericanas han marcado la fisionomía y la cultura urbanas. Esta heterogeneidad concentrada en un solo sitio ha sellado la diversidad de nuestras poblaciones citadinas, en las que rostros indígenas, mestizos, afrodescendientes, caucásicos y europeos son ingredientes de un inmenso popurrí en constante transmutación. Nuestras razas fundacionales, su evolución y su transformación en poblaciones de las ciudades han generado miradas que podrían entenderse como exotizantes e inclusive formalizar estereotipos. Sin embargo, los diversos registros fotográficos presentados son el testimonio que permite revelar ese tránsito abrupto entre lo popular y lo urbano.
Varios fotógrafos han buscado cánones que los vinculen a lo latinoamericano: a sus razas, a su pasado indígena, mayoritariamente. Esta tendencia fue muy fuerte entre los años veinte y los años sesenta del siglo XX, con imágenes centrales de maestros como Martín Chambi, Geraldo de Barros, y Manuel y Lola Álvarez Bravo. Esta solida herencia visual marcó a muchos fotógrafos que siguieron un canon de exaltación de lo propio como vindicación de la identidad del pasado, pero mostrando también que en el encuentro con la ciudad aquel legado se ha ido desvaneciendo en mixturas, fruto de las influencias coloniales y poscoloniales que han marcado el continente. El poeta Antonio Cisneros observó alguna vez que los blue jeans hacen a los indígenas menos exóticos, pero que no los vuelven menos auténticos1.
La selección de Urbes mutantes rompe lazos tanto con la mirada nostálgica al pasado perdido como con la visión eurocentrista y dominante que enmarca nuestras experiencias como otredades; más bien explora una mirada regional que se justifica en la necesidad de revelar valores y genealogías en transición. Busca visibilizar, más allá de lo exótico y lo salvaje, para contrarrestar los intentos de homogeneización, confirmando la complejidad étnica de estos países.
Retomando al escritor Edmundo Desnoes, “el indígena urbanizado afirma su terquedad frente a publicidad de Coca Cola”, generando impactantes contrastes visuales.

Desplazamientos:
Citado por Fernando Castro en su texto “Crossover dreams. Sobre la fotografía latinoamericana contemporánea”, en: Image and Memory- Photography in Latin America, Editorial Fotofest /University of Texas.
El movimiento es uno de los ejes centrales de cualquier ciudad moderna. La vitalidad urbana, concentrada mayoritariamente en la calle, fluye por vías, avenidas, diagonales y andenes. Este sistema circulatorio marca la realidad citadina. Desde el peatón que deambula a la deriva para huir de su propia cotidianidad, hasta el taxista para quien el tránsito y el desplazamiento son factores de supervivencia- la movilidad no podría dejar de ser parte de la imagen urbana.
Dicha movilidad implica, además, la posibilidad de experimentar con el mismo instante fotográfico y con fenómenos que siempre escaparán de la retina. La velocidad, la conmoción, el afán inherente al ir y venir acelerado en un cruce de semáforos, son sensaciones difíciles de captar visual o textualmente. Hay algo irreal en el exceso de movimiento, una pérdida de la referencialidad. Sin embargo, la cámara fotográfica logra registrarlo con sus propios códigos y sin total posibilidad de control del fotógrafo. La ausencia de foco causada por el movimiento, los momentos congelados de la energía urbana que son imperceptibles para la mirada, serán factibles solo mediados por el mecanismo fotográfico.
Series tan impactantes como Caracas desde el carro, de Ricardo Jiménez, o Pasajeros, de Gertjan Bartelsmann, reflejan esta condición peregrina del individuo de las ciudades, con su mirada fugaz enmarcada por ventanas de automóviles, tranvías o buses. Desde adentro o desde afuera, estos viajeros (porque podría decirse que todo tránsito es un viaje) siempre tendrán una pantalla a través de la cual captar ese mundo en flujo constante

Los olvidados:
La fotografía desde sus inicios ha mostrado la vida de los sectores sociales oprimidos; Henry F. Talbot, por ejemplo, buscó el sujeto para sus retratos en las caras de obreros y trabajadores, así como en gente de estratos desfavorecidos. El carácter transparente del medio fotográfico que se creó en el siglo XIX como potenciador de objetividad y, en consecuencia, como espejo de la realidad, resultaba perfecto para romper con el estigma burgués que amarraba la representación (por medio de la pintura, el dibujo y otros medios tradicionales) a la belleza clásica y a la vida de las clases acomodadas. Desde que los fotógrafos salieron del estudio a la calle, han buscado muchas veces reventar la aparente burbuja de bienestar social para revelar un lado deprimido de las urbes.
La película Los olvidados, realizada en México por Luis Buñuel (1950), es sin duda fuente de inspiración visual en el manejo de la marginalidad y la pobreza de las ciudades latinoamericanas. Con su mirada surrealista, Buñuel enmarcó temáticas universales de las relaciones humanas en ese contexto de delincuencia e injusticia potenciada por la escasez extrema. En este capítulo se presentan imágenes de la ciudad cruel que, como una mala madre, deja huérfanos a sus habitantes.
Las imágenes se convierten en testigo de las dramáticas emergencias sociales del continente y, sin duda, habilitan un mecanismo de denuncia. Pero ¿cómo no caer en la mirada miserabilista? ¿Cómo presentar la memoria subdesarrollada sin que se saque provecho del dolor de vidas ajenas? Siempre hay un riesgo…
Entre las décadas de los años cincuenta y setenta del siglo XX se consolida la necesidad de realizar desde Latinoamérica fotoperiodismo y ensayo documental muy políticos, que toman como designio de la imagen la protesta frente al desequilibrio económico y social. Al igual que en la mirada de Buñuel y de algunas obras maestras del Neorrealismo italiano, diversos fotógrafos logran que confluya en su trabajo el interés social por documentar historias del bajo mundo con una manera ética y sensible que evada la miseria como producto visual. Con sus retratos callejeros buscaron, además, presentar autenticidad y sinceridad de expresión en los sentimientos de seres del mundo real, de gente ordinaria que con sus expresiones, sus vidas y entornos genuinos ofrecían más honestidad que todas las imágenes de consumo que se vendían a las clases medias por medio de la publicidad.
Como establece Edmundo Desnoes, pionero de la crítica visual –inicialmente por sus aportes al libro Para verte mejor, América Latina–, es importante que la aproximación a las imágenes de pobreza de la región sea cuidadosa y aguda para entender cuáles son los ojos que nos miran, pues la mirada puede volverse un fraude por ser un tipo de lenguaje y no la realidad de una cultura1.

Masas y protestas:
La relación entre la fotografía y los movimientos de masas es una constante en la historia del continente durante los últimos 100 años . Inclusive se puede decir que las protestas se han apoyado en la fotografía para trascender en el tiempo. La recordación de esos momentos es más evidente en la imagen que en la palabra escrita: el impacto de la acumulación humana, el histrionismo de los líderes populares, los rostros trastornados o rabiosos.
Todos estos eventos en su momento fueron noticia y a partir de los años treinta del siglo XX, esta viene acompañada de la foto-reportería. La imagen superó el titular y el momento decisivo entró en juego con mayor fuerza que nunca, pues la prensa se construiría de ahí en adelante con historias condensadas en una foto. Muchos de los fotógrafos incluidos en esta sección estuvieron vinculados a periódicos que dan cuenta del devenir de las urbes latinoamericanas.
La foto que en estos casos es mayoritariamente documental juega un papel sumamente importante al preservar la memoria de eventos históricos como la Revolución cubana, los hechos políticos de las dictaduras en Argentina, Chile y Brasil, además de los múltiples conflictos por relaciones de poder entre grupos alzados en armas y partidos tradicionales.
La rebelión y la protesta no han cesado en América Latina y la fotografía ha sido el vehículo para develar la tensión por causas políticas, económicas y sociales cuyo mayor impacto se vivió en los años sesenta y setenta. Las fotografías evidencian la relación directa que hay entre estos movimientos masivos y la ciudad. La convulsión fluye entre plazas y calles, plataformas necesarias para estas batallas y para los melodramas que persisten en el continente: luchas en contra de un poder desmedido en dictaduras o gobiernos autoritarios y enfrentamientos contra el afán colonizador que ha perjudicado al pueblo.

La noche en vida:
La energía nocturna de la calle crea un imaginario propio para la fotografía. La luminosidad artificial que desvela la noche, los particulares habitantes que surgen de la misma, sumados al peligro que a veces implica recorrerla, reflejan una experiencia urbana que ante la lente se manifiesta con una intensidad casi extraterrestre o sideral. Con el crecimiento de las ciudades, la vida callejera hace que el hogar se desplace y con ello que muera la privacidad. En ese sentido, los habitantes de la noche, más que nadie, revelan cómo vivencias antes imposibles ahora son factibles en la vida pública nocturna. La calle se convierte en escenario para el teatro de historias entrecruzadas.
La noche trae consigo la cara más oscura de las ciudades, no solo con sus parrandas, fiestas y bullicio, característicos de los países latinos, sino escondiendo bajo su máscara la delincuencia y los excesos. El fotógrafo que centra su mirada en esta amplia gama de espectáculos logra pasar desapercibido como un cazador de imágenes para “ver el mundo, ser el centro del mundo, pero mantenerse escondido del mismo”1. Toda esta faceta que se reservaba al espacio privado genera un espectáculo voyerista de encuentros, que son el objetivo perfecto para el observador tímido que se esconde tras la cámara. Un testigo que, en algunos casos, vive su existencia a través del registro de vidas ajenas escondiendo la soledad forzosa de las inmensas ciudades en las que, paradójicamente, se puede a la vez estar solo, pero rodeado de gente.
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“Urbes Mutantes 1941-2012. Latin American Photography”, que muestra la evolución de las ciudades de Latinoamérica en el siglo XX, ha logrado el Premio PhotoEspaña (PHE) al mejor libro de fotografía nacional.
Los premios PHE, que distinguen a “la mejor publicación de fotografía nacional e internacional publicada en 2012, así como a la editorial más destacada”, han decidido galardonar a “Urbes Mutantes”, editada por RM/Toluca Éditions.
El libro es “un catálogo de la exposición del mismo nombre”, que puede visitarse, hasta el 27 de mayo, en el Museo de Arte del Banco de la República de Bogotá y hace un recorrido por diversas ciudades latinoamericanas haciendo énfasis en esa capacidad de modificación arquitectónica, cultural y social que se presenta a lo largo del siglo XX entre las décadas del cincuenta y setenta”
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